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Lunes, 23 de abril de 2018

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Por qué hay que confesar los pecados


Se pue­de de­cir que sin con­fe­sión no hay ver­da­de­ra con­ver­sión. Has­ta tal pun­to le es ín­ti­ma. En efec­to, en "el mo­vi­mien­to de re­torno a Dios" lle­ga un mo­men­to en el que se hace ne­ce­sa­rio evi­den­ciar el pe­ca­do, iden­ti­fi­car­lo, de­cir­lo, lla­mar­lo con su pro­pio nom­bre.



Monseñor José María Yanguas Sanz

16 abril 2018

En la no­che de Pas­cua los ca­te­cú­me­nos re­ci­bie­ron el Bau­tis­mo por el que fue­ron “la­va­dos, san­ti­fi­ca­dos, jus­ti­fi­ca­dos en el nom­bre del Se­ñor Je­su­cris­to y en el Es­pí­ri­tu de nues­tro Dios” (1 Co 6, 11). Gra­cias al sa­cra­men­to de la re­ge­ne­ra­ción fue­ron “re­ves­ti­dos de Cris­to” (cf. Ga 3, 27). El pe­ca­do no cabe, pues, en el cris­tiano. Pero, cada vez que re­za­mos el Pa­drenues­tro se re­nue­va nues­tra con­cien­cia de ser pe­ca­do­res y se­ría­mos unos men­ti­ro­sos si di­jé­ra­mos que no te­ne­mos pe­ca­do (cf. 1 Jn 1, 8). La vida nue­va que re­ci­bi­mos en el Bau­tis­mos “pue­de ser de­bi­li­ta­da e in­clu­so per­di­da por el pe­ca­do” (Ca­te­cis­mo de la Igle­sia Ca­tó­li­ca, n. 1420). Por eso, Dios ha ve­ni­do en so­co­rro de nues­tra de­bi­li­dad y ha que­ri­do que la Igle­sia con­ti­nua­se la obra de cu­ra­ción y sa­na­ción de su fun­da­dor Je­su­cris­to.

Es­tos días pa­sa­dos he­mos leí­do en más de una oca­sión el tex­to de San Juan en el que se nos na­rra la apa­ri­ción de Je­sús a sus dis­cí­pu­los en la tar­de mis­ma del día de la Re­su­rrec­ción. En esa oca­sión Je­sús les dijo: “Re­ci­bid el Es­pí­ri­tu San­to; a quie­nes les per­do­néis los pe­ca­dos, les que­dan per­do­na­dos” (Jn 20, 22-23).
 
El Se­ñor ins­ti­tu­yó así el sa­cra­men­to de la Pe­ni­ten­cia o del per­dón, o como tam­bién se le de­no­mi­na, sa­cra­men­to de la Con­fe­sión. Sí, por­que la con­fe­sión de los pe­ca­dos es par­te im­por­tan­te del mis­mo. En su es­truc­tu­ra, jun­to a la con­tri­ción y al pro­pó­si­to –la con­ver­sión que mira al pa­sa­do y al fu­tu­ro−, te­ne­mos tam­bién el acto del pe­ni­ten­te que lla­ma­mos con­fe­sión o ma­ni­fes­ta­ción de los pe­ca­dos al sa­cer­do­te (CIC n. 1491). Este “acto” del pe­ni­ten­te en­tra ne­ce­sa­ria­men­te en la di­ná­mi­ca mis­ma de la con­ver­sión. Se pue­de de­cir que sin con­fe­sión no hay ver­da­de­ra con­ver­sión. Has­ta tal pun­to le es ín­ti­ma.
 
En efec­to, en “el mo­vi­mien­to de re­torno a Dios” lle­ga un mo­men­to en el que se hace ne­ce­sa­rio evi­den­ciar el pe­ca­do, iden­ti­fi­car­lo, de­cir­lo, lla­mar­lo con su pro­pio nom­bre. No es una exi­gen­cia ex­tra­ña a ese mo­vi­mien­to; es uno de sus mo­men­tos. Tan­to es así, que los pe­ca­dos mor­ta­les no con­fe­sa­dos por exis­tir un im­pe­di­men­to que hace im­po­si­ble la con­fe­sión, de­ben ser “di­chos” −cuan­do des­apa­rez­ca el obs­tácu­lo que la ha­cía im­po­si­ble−, en la pri­me­ra con­fe­sión su­ce­si­va.

No se tra­ta de ma­so­quis­mo por par­te de la Igle­sia, que no quie­re exi­mir a na­die del “tor­men­to” de la con­fe­sión. Las cien­cias del es­pí­ri­tu hu­mano en­se­ñan mu­cho al res­pec­to. Psi­có­lo­gos y psi­quia­tras co­no­cen bien la ne­ce­si­dad de que sus pa­cien­tes ex­te­rio­ri­cen lo que lle­van den­tro, para ser sa­na­dos: es pre­ci­so que cuen­ten, que ha­blen.

Por otro lado, la di­men­sión so­cial es una as­pec­to esen­cial de la per­so­nas. Ne­ce­si­ta­mos co­mu­ni­car­nos, abrir­nos a los de­más, par­ti­ci­par a otros lo que lle­va­mos den­tro. Ade­más, y por lo que se re­fie­re a las cul­pas, si no se ha­bla de ellas ter­mi­nan por pro­du­cir ma­yo­res he­ri­das in­te­rio­res. Quien ha­bla de sus pro­ble­mas, de sus ten­sio­nes, de sus cul­pas ex­pe­ri­men­ta ha­bi­tual­men­te una li­be­ra­ción. Si no se co­mu­ni­can, si no se di­cen, si los nu­dos in­te­rio­res no sa­len a la luz, re­sul­ta muy di­fí­cil, o qui­zás in­clu­so im­po­si­ble, que se cu­ren, que se suel­ten. Lo que no se dice de al­gún modo, lo que no se ex­te­rio­ri­za y se co­mu­ni­ca, no se cura. Qui­zás en­con­tra­mos aquí una de las ra­zo­nes –que po­de­mos lla­mar “psi­co­ló­gi­cas”− de cuan­to afir­ma el Ca­te­cis­mo de laI­gle­sia Ca­tó­li­ca: “El que quie­ra ob­te­ner la re­con­ci­lia­ción con Dios y con la Igle­sia debe con­fe­sar al sa­cer­do­te to­dos los pe­ca­dos gra­ves que no ha con­fe­sa­do aún y de los que se acuer­da tras exa­mi­nar cui­da­do­sa­men­te su con­cien­cia” (n. 1493). La con­fe­sión debe ser, por eso, in­te­gra. La ocul­ta­ción vo­lun­ta­ria de un pe­ca­do re­co­no­ci­do como tal fal­sea el en­te­ro mo­vi­mien­to de la con­ver­sión a Dios.
 
De otro lado, por ser el pe­ca­do algo per­so­nal, cada uno ha de asu­mir la res­pon­sa­bi­li­dad de los pro­pios pe­ca­dos. De­be­mos im­plo­rar el per­dón de to­dos y cada uno de ellos para ob­te­ner su ab­so­lu­ción y per­dón. La Con­fe­sión es por eso per­so­nal-in­di­vi­dual. Y por el he­cho de cau­sar un mal a toda la Igle­sia con nues­tros pe­ca­dos, ésta se hace pre­sen­te en este sa­cra­men­to en la per­so­na del sa­cer­do­te.

Monseñor José María Yanguas es el obispo de Cuenca.
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