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Lunes, 23 de abril de 2018

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Religión en Libertad
CRISTO CRUCIFICADO Y SEPULTADO
No te asombre que haya sido redimido el orbe entero. Pues no era un simple hombre, sino el unigénito Hijo de Dios, el que moría por esta causa. Ciertamente, el pecado de un único hombre, Adán, pudo introducir la muerte en el mundo. Pero si por la caída de uno reinó la muerte en el mundo, ¿por qué no habrá de reinar mucho más por la justicia de uno sólo? Y si en aquel momento, a causa del leño del que (nuestros padres) comieron, fueron expulsados del paraíso, ¿acaso los que crean no habrán de entrar ahora, por el leño de Jesús, mucho más fácilmente en el paraíso? Si el primer hombre, hecho de la tierra, trajo a todos la muerte, ¿acaso quien lo hizo de la tierra, siendo él mismo la vida, no le dará vida eterna? Si Pinjás, inflamado de celo, matando al autor del delito, aplacó la ira de Dios, Jesús, sin matar a nadie, sino entregándose a sí mismo como rescate, ¿acaso no deshará la cólera contra los hombres?

En el absurdo de la cruz, y más siendo Jesús inocente, está la salvación

Que no nos dé vergüenza la cruz del Salvador, e incluso gloriémonos en ella. Pues la palabra de la cruz es escándalo para los judíos y necedad para los gentiles, pero para nosotros es salvación. Pues, como se ha dicho, no se trataba de un simple hombre que moría en favor nuestro, sino de Dios, el Hijo de Dios hecho hombre. Pero entonces el cordero muerto, según la enseñanza de Moisés, arrojaba lejos al Exterminador. Ahora bien, el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo, ¿acaso no liberará mucho más de los pecados? También la sangre de una oveja irracional mostraba la salud. ¿Y la sangre del Unigénito no traerá la salvación en una mayor medida? Si alguno no cree en la fuerza del crucificado, interrogue a los mismos demonios. Y si alguien no cree en las palabras, dé crédito a las cosas claras. Son muchos los que han sido crucificados en todo el orbe, pero ante ninguno de ellos sienten pavor los demonios. Pero ante Cristo, crucificado por nosotros, se aterrorizan los demonios cuando simplemente ven el signo de la cruz, porque aquellos otros crucificados fueron muertos por sus propios pecados, pero él por los de los demás. El es «el que no cometió pecado, y en cuya boca no se halló engaño». No era Pedro quien decía esto, lo que podría despertar la sospecha de que quisiera ser grato al maestro, sino que quien lo había dicho era Isaías, que no había estado corporalmente presente (ante Jesús), pero en espíritu había previsto su venida en carne. Pero, ¿por qué aduzco sólo el testimonio del profeta? Cuenta entre los testigos al mismo Pilato, que sentenció sobre él diciendo: «No he hallado en este hombre ninguno de los delitos de que le acusáis». Y cuando se lo entregó, lavando sus manos, dijo: «Inocente soy de la sangre de este justo». Y hay también otro testigo de la inocencia de Jesús, el ladrón que fue primero al paraíso, que increpaba a su compañero y decía: «Nosotros con razón, porque nos lo hemos merecido con nuestros hechos; en cambio, éste nada malo ha hecho, pues tú y yo estuvimos en su juicio».

Realidad de la crucifixión

 Así pues, Jesús padeció realmente por todos los hombres. La cruz no es ninguna ficción, pues en ese caso también la redención sería algo fingido. La muerte no fue algo aparente, sino una realidad indiscutible. Si no fuese así, la salvación sería una fábula sin más. Si la muerte hubiese sido sólo aparente, tendrían razón quienes decían: «Señor, recordamos que ese impostor dijo cuando aún vivía: "A los tres días resucitaré"». La pasión fue, pues, real: fue verdaderamente crucificado, y no nos avergonzamos de ello; fue crucificado y no lo negamos. Más bien me glorío en ello cuando lo digo. Pues si ahora lo niego, argüirá en mi contra el Gólgota que tenemos aquí tan próximo. Argüirá en contra mía el madero de la cruz, que a trozos pequeños ha sido distribuido desde ese lugar a todo el mundo. Confieso la cruz una vez que he conocido la resurrección. Pues si no hubiese ido más allá de la cruz, tal vez no lo habría confesado y la hubiese escondido juntamente con el maestro. Pero, puesto que la resurrección ha seguido a la cruz, no me da vergüenza proclamarla.

Condenado sin pecado alguno

Fue crucificado él, que, como todos, vivió en la carne, pero no con pecados semejantes. Pues no fue llevado a la muerte por la avidez de riquezas, pues era un maestro en la pobreza y en la renuncia a los bienes. No fue condenado por su pasión libidinosa, él que dijo claramente: «Todo el que mira a una mujer deseándola, ya cometió adulterio con ella en su corazón». A nadie golpeó o hirió con soberbia, sino que a quien le golpeaba le mostró la otra mejilla. Y no despreciaba la Ley, sino que la llevaba a su plenitud. No acusaba de falsedad a los profetas, pues él era el que había sido anunciado por ellos. No defraudaba en los pagos, pues curaba sin cobrar y gratuitamente. No pecó en modo alguno ni de palabra ni de obra ni de pensamiento. «El que no cometió pecado, y en cuya boca no se halló engaño; el que, al ser insultado, no respondía con insultos; al padecer, no amenazaba...», que no vino a la pasión forzado, sino por su propia voluntad. Y a quien le dijo que tuviese compasión de sí mismo, le dijo aquello de: «Apártate de mí, Satanás».

Voluntariamente fue a la pasión sin rehuirla

¿Quieres persuadirte más de que vino por voluntad propia a la pasión? Todos los demás, que ignoran su destino, mueren de mala gana, pero él predijo de su propia pasión: «El Hijo del hombre va a ser entregado para ser crucificado». ¿Sabes por qué él, que amaba a los hombres, no rehusó la muerte? Para que el mundo no se perdiese por sus pecados. «Mirad que subimos a Jerusalén, y el Hijo del hombre será entregado y será crucificado». Y, por otra parte: «El se afirmó en su voluntad de ir a Jerusalén». ¿Deseas conocer claramente que la cruz de Jesús es gloriosa? No me oigas a mí, sino a quien así lo dice. Era Judas quien lo entregaba, lleno de ingratitud hacia quien los había invitado. Se marchó pronto de la mesa tras beber el cáliz de la bendición, pero pasó de esta bebida de la salvación a derramar la sangre del justo. «El que mi pan comía, levanta contra mí su calcañar». Poco antes sus manos recibían las bendiciones (o los trozos del pan bendecido), e inmediatamente después tramaba su muerte por el dinero por el que había pactado la traición. Al ser cogido en ello y al oír lo de «Tú lo has dicho», salió de nuevo. Después dijo Jesús: «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre». ¿Ves cómo sabía que su propia cruz era gloria para él? Si Isaías, al ser aserrado, no cree que eso sea vergonzoso, Cristo, que muere por el mundo, ¿lo considerará un oprobio? «Ha llegado la hora de que sea glorificado el Hijo del hombre»: no porque antes careciese de gloria. Pues había sido glorificado «con la gloria que tenía a tu lado antes que el mundo fuese». Pero desde la eternidad era glorificado como Dios; ahora, sin embargo, era glorificado en la corona del sufrimiento. No perdió su vida sin que lo quisiese ni fue muerto desprovisto de su fuerza, sino voluntariamente. Escucha lo que dice: «Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo». Cedo ante los enemigos voluntariamente, pues, si no quisiera, no se realizaría. Llegó a la pasión por su voluntad libre, alegrándose de la obra eximia y más todavía por la corona que habría de recibir y por la salvación de los hombres. Al no avergonzarse ante la cruz, llevaba la salvación a todo el orbe. Y no era un hombre vil el que sufría, sino Dios hecho hombre luchando por el premio a su obediencia.

El Mesías sufriente, nueva enseña ante los gentiles

Pero los judíos están en contra, siempre preparados para la contradicción y tardos para creer. Por eso decía el profeta: «Señor, ¿quién ha dado crédito a nuestra predicación?». Creen los persas, pero no creen los hebreos. «Los que ningún anuncio recibieron de él, le verán, y los que nada oyeron, comprenderán». Y los que reflexionan sobre ello, rechazarán aquello en lo que piensan. Nos replican y dice: ¿Es que acaso sufre Dios? ¿Y no hubo fuerzas humanas mayores que la misma fuerza del Señor? Leed las Lamentaciones: quejándose de vosotros Jeremías, escribió en ellas cosas verdaderamente dignas de lamentar. Vio vuestra perdición y contempló vuestra caída. Se lamentaba de la Jerusalén antigua, pues por la que ahora existe no habrá llantos. Aquella crucificó al Mesías, pero la presente lo adora. En las Lamentaciones se dice: «Nuestro aliento vital, Cristo el Señor, quedó preso en nuestra corrupción». ¿Pero acaso estoy usando expresiones imaginarias? El texto habla de Cristo el Señor, hecho prisionero por los hombres. ¿Qué sucederá entonces? Dímelo, profeta. Y responde: «¡A su sombra viviremos entre las naciones!». Pero señala que la gracia de la vida ya no estará en Israel, sino entre los gentiles.

Escuchar y averiguar los testimonios de la Pasión en las Escrituras

... todo ha quedado escrito en los testimonios de los profetas, y no en tablas de piedra, sino claramente descrito por el Espíritu Santo. Así pues, cuando oyeres el relato evangélico sobre las acciones de Judas, ¿acaso no debes prestar atención a este testimonio? Oíste que el costado de Cristo fue atravesado por una lanza. ¿No deberás examinar que también eso está escrito? Oíste que fue crucificado en el huerto. ¿No deberás comprobar que eso ha quedado escrito?  Oíste que fue vendido en treinta monedas de plata. ¿No escucharás al profeta que habló de ello? Oíste que le fue dado a beber vinagre. Aprende también dónde está esto escrito. Oíste que el cuerpo fue sepultado dentro de una roca tapada con una piedra. ¿No aceptarás el testimonio del profeta sobre este asunto? Oíste que fue crucificado entre ladrones. ¿No debes enterarte también de si eso estaba escrito? Oíste que fue sepultado. ¿No deberás averiguar si en algún lugar se escribió acerca de su sepultura? Oíste que resucitó. ¿No deberás investigar si te engañamos con estas enseñanzas? Aunque «mi palabra y mi predicación no tuvieron nada de los persuasivos discursos de la sabiduría». .. «predicamos a un Cristo crucificado», la cual cosa había sido predicada anteriormente por los profetas. Y ahora tú, al acoger estos testimonios, séllalos en tu corazón. Y que tu mano no esté tendida sólo para recibir, sino también para actuar. Dios todo lo gratifica. «Si alguno de vosotros está a falta de sabiduría, que la pida a Dios, que da a todos generosamente», y la recibirá de él. El cual, movido por vuestras súplicas, nos conceda, a los que os hablamos, poderlo hacer y, a vosotros que escucháis, creer.

Datos sobre la traición de Judas

Judas fue traidor, llegó como adversario y allí estuvo hablando de modo pacífico mientras maquinaba hostilidades. Dice de él el Salmista: «Mis amigos y compañeros se apartan de mi llaga, mis allegados a distancia se quedan». Y también: «Sus palabras, más suaves que el aceite, son espadas desnudas», o: «¡Salve, Rabbí!». En ese momento entregó al Maestro a la muerte sin tener en cuenta la advertencia de quien decía: «¡Judas, con un beso entregas al Hijo del hombre!». Es como si le reprendiera con esto: «Acuérdate de tu nombre», pues Judas significa «confesión». Hiciste un pacto, recibiste la plata. «¡Oh Dios de mi alabanza, no te quedes mudo!. Boca de impío, boca de engaño, se abren contra mí. Me hablan con lengua de mentira, con palabras de odio me envuelven». Pero ya oíste que estaban allí incluso algunos de los principales sacerdotes y que fue maniatado ante las puertas de la ciudad. Ten en cuenta lo que dice el salmo acerca del tiempo y el lugar: «Regresan a la tarde, aullan como perros, rondan por la ciudad».
Escucha, pues, también acerca de las treinta monedas de plata: «Yo les dije: "Si os parece bien, dadme mi jornal; si no, dejadlo"». A mí me debéis la gracia de la curación de los ciegos y de los cojos. Y es otra la que recibo: en lugar de agradecimiento, ultraje; en lugar de adoración, injuria. Ves cómo la Escritura conoció con antelación el futuro: «Ellos pesaron mi jornal: treinta siclos de plata». ¡Oh palabra profética de literal precisión! ¡Oh sabiduría inmensa y certera del Espíritu Santo! Pues no dijo diez ni veinte, sino expresa y exactamente «treinta», como en realidad fueron. Di también, profeta, a dónde fue a parar esta paga. El que la recibió, ¿la retendrá o la habrá de devolver? Y, después de devolverla, ¿adónde caerá él? Dice, en efecto, el profeta: «Tomé, pues, los treinta siclos de plata y los eché en la casa de Yahvé, en el horno». Compara el Evangelio con la profecía: «Entonces Judas, ... acosado por el remordimiento, dice, ... tiró las monedas en el Santuario; después se retiró», etc. .
Pues quienes rechazan a los profetas argumentan que el profeta dice: «Los eché en la casa de Yahvé, en el horno». Y el Evangelio, en cambio: «Las vieron por el Campo del Alfarero». Pero atiende a cómo ambas cosas son verdad. Los judíos, es decir, aquellos que entonces eran príncipes de los sacerdotes, al ver que Judas se arrepentía y exclamaba: «Pequé entregando sangre inocente», replican: «A nosotros, ¿qué? Tu verás». ¿Nada tiene que ver con vosotros, que lo crucificasteis? Que vea el que recibió y devolvió el dinero del crimen. ¿Y nada tendréis que ver quienes lo habéis hecho? Después dicen entre sí: «No es lícito echarlas en el tesoro de las ofrendas, porque son precio de sangre». Vuestra boca os condena, puesto que el precio es abominable y abominable es también el crimen: si cumples la justicia crucificando a Cristo, ¿por qué no aceptas el precio? Pero nos preguntábamos: ¿Cómo es que no hay desacuerdo entre el evangelio que dice «Campo del Alfarero» y el profeta que menciona «el horno»? En realidad, no sólo disponen de horno quienes trabajan el oro ni sólo quienes trabajan con monedas, sino que también los alfareros tienen un horno para el barro. Separan la tierra más fina y la más espesa, colando la que se utilizará para separarla de los guijarros y escogiendo abundante material moldeable, lo amasan a continuación preparando así lo que se habrá de cocer. ¿De qué, pues, te asombras si el evangelio habla, con mayor claridad, del «Campo del Alfarero», al tiempo que el profeta pronunció su profecía de modo enigmático, siendo así que las profecías se contienen a menudo en enigmas?

El juicio y los escarnios de Jesús

«Entonces le prendieron, se lo llevaron y le hicieron entrar en casa del Sumo Sacerdote». ¿Quieres saber y ver que también esto está escrito? Dice Isaías: «¡Ay de aquellos que deliberaron depravadamente entre sí diciendo: maniatemos al justo, porque nos resulta incómodo». Ciertamente: «¡Ay de aquellos!». Veamos esto. Isaías fue partido en dos, pero el pueblo recibió después la salud. Jeremías fue arrojado al lodo de la cisterna, pero así se curó la herida de los judíos, porque, al ser un pecado contra un hombre, era más leve. Pero los judíos no pecaron contra un hombre, sino contra Dios hecho hombre. «¡Ay de ellos!». Pero, «maniatemos al justo», decíamos. ¿No podrá desatarse a sí mismo, replicará alguno, el que libró a Lázaro de las ataduras de una muerte ya de cuatro días y el que dejó libre a Pedro de las cadenas de hierro de la prisión?. Los ángeles se encontraban dispuestos diciendo: «Rompamos sus coyundas», aunque se abstienen de la violencia porque Dios quiso sufrir esto. Fue conducido también a juicio entre los ancianos. De ello tenía ya un testimonio: «Yahvé demanda en juicio a los ancianos de su pueblo y a sus jefes».
Pero al interrogarle el Sumo Sacerdote, se indigna al oír la verdad y uno de los peores de sus servidores le da una bofetada. Aquel rostro, que en otro momento había resplandecido como el sol, soportó que unas manos inicuas lo quebrasen, y otros se acercaban escupiendo al rostro de quien mediante la saliva había curado al ciego de nacimiento. «¿Así pagáis a Yahvé, pueblo insensato y necio?». Y el profeta, asombrado, dice: «¿Quién dio crédito a nuestra noticia?». Es cosa realmente increíble que Dios, el Hijo de Dios y el brazo de Yahvé estén expuestos a estas cosas. Pero, para que los que se salvan no rehúsen creer en esto, el Espíritu Santo lo predice de la persona de Cristo cuando éste exclama: «Ofrecí mis espaldas a los que me golpeaban». Y Pilato, una vez flagelado, lo entregó para ser crucificado: «Ofrecí... mis mejillas a los que mesaban mi barba. Mi rostro no hurté a los insultos y salivazos». Como si dijera: previendo que me habían de golpear, ni siquiera torcí la mejilla levemente. ¿Cómo fortalecería a los discípulos ante la muerte que debía arrostrar por la verdad si yo mismo me aterrorizaba por ella? Yo había dicho: «El que ama su vida, la pierde». Si yo amase la vida, ¿cómo daría lecciones sin hacer lo que enseño? Por consiguiente, él, siendo Dios, soportó sufrir estas cosas de parte de los hombres para que nosotros los hombres no nos avergonzásemos luego de sufrir de los hombres cosas tales por su causa. Ante Pilato y Herodes
Maniatado llegó de Caifás hasta Pilato. ¿Acaso no estaba también esto previamente escrito? «Al oír Pilato que él era de Galilea, ... le remitió a Herodes». Herodes era entonces rey y se encontraba en Jerusalén. Y observa la aplicada diligencia del profeta, pues dice que fue enviado en lugar de regalos, porque «aquel día Herodes y Pilato se hicieron amigos, pues antes estaban enemistados». Era oportuno que el que había de llevar la paz a la tierra y cielo pacificase, como primeros de todos, a quienes a él le condenaban. Pues era el mismo Señor, «que reconcilia los corazones de los príncipes de la tierra».

Más sobre el juicio de Jesús

Admira al Señor a quien juzgan. Aceptó ser llevado por los soldados y que diesen vueltas a su alrededor mientras Pilato estaba «sentado en el tribunal». El, que está sentado a la derecha del Padre, estaba en pie mientras era juzgado. El pueblo por él liberado de la tierra de Egipto, y tantas otras veces de otros lugares, vociferaba contra él: «¡Crucifícalo, crucifícalo!». ¿Por qué así, oh judíos? Ante esto, el profeta exclama estupefacto: «¿Contra quién abrís la boca y sacáis la lengua?». El Señor mismo relata en los profetas: «Se ha portado conmigo mi heredad como un león en la selva: me acosaba con sus voces; por eso la aborrecí». No la expulsé yo, sino que ellos me expulsaron a mí. Por eso digo consecuentemente: «He abandonado mi casa».

La actitud del Siervo durante el juicio

Juzgado, callaba, de modo que Pilato estaba padeciendo y decía: «¿No respondes nada? ¿Qué es lo que estos atestiguan contra ti?». No porque conociera al que estaba siendo juzgado, sino porque temía qué significado tendría para él el sueño de su mujer. Y Jesús callaba. Dice el salmista: «Soy como hombre que no oye, ni tiene réplica en sus labios». Y, además: «Mas yo como un sordo soy, no oigo, como un mudo que no abre la boca».
Pero los soldados a su alrededor se burlan de él. El Señor es para ellos objeto de escarnio y de él se hace mofa. «Me ven y menean su cabeza». Se vislumbra el reino en imagen: se burlan, pero doblan su rodilla; unos soldados lo clavan a la cruz, pero antes le colocan un manto de púrpura y una corona sobre su cabeza. ¿De qué es, sino de espinas? Es proclamado rey de todo por los soldados. También fue oportuno que Jesús fuese coronado en figura por los soldados, de manera que por eso dice la Escritura en el Cantar de los Cantares: «Salid a contemplar, hijas de Sión, a Salomón el rey, con la diadema con que le coronó su madre». Aquella corona era un misterio, pues era la destrucción de los pecados y la absolución de la sentencia de condenación.

Jeremías, imagen de Jesús despreciado

 «Y yo que estaba como cordero manso llevado al matadero, sin saber...». Pero, ¿cuál es la señal? Entiéndase a Juan Bautista cuando dice: «He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo». ¿Acaso él, que conoce los pensamientos, ignoraba los acontecimientos? ¿Y qué es lo que dijeron?: «... contra mí tramaban maquinaciones: "Queremos poner madera en su pan"». Si Dios te considera digno de ello, más tarde conocerás que su cuerpo mostraba, según el evangelio, la figura del pan. Así pues, «venid, queremos poner madera en su pan, borrémoslo de la tierra de los vivos, y su nombre no vuelva a mentarse». La vida no se destruye. ¿Por qué os fatigáis con un trabajo inútil? Vuestro proyecto es vano. ¡Sea su nombre bendito para siempre, que dure tanto como el sol!. Y que la vida estaba colgada en el madero, lo dice Moisés lamentándose: «tu vida estará ante ti como pendiente de un hilo, tendrás miedo de noche y de día, y ni de tu vida te sentirás seguro». Y lo que se leyó hace poco: «¿Quién dio crédito a nuestra noticia?».

Más sobre el agua y la sangre del costado

Ambas cosas brotaron de su costado: el agua, quizá en referencia al juez, y la sangre teniendo en cuenta a los que gritaban. Pero también puede entenderse así: la sangre para los judíos, el agua para los cristianos. Para aquellos, insidiosos, la condenación por la sangre derramada; para ti, que ahora crees, la salvación por el agua. Nada ha sucedido en vano. Nos han transmitido los intérpretes de la Escritura, nuestros Padres, otra explicación del asunto: en los evangelios se habla de una doble fuerza del bautismo de salvación. Una, a través del agua, que se concede a los que son iluminados, y otra que en tiempo de persecución se da a los mártires mediante su propia sangre. Brotaron del costado del Salvador sangre y agua que confirman la gracia de la confesión hecha por Cristo tanto en el bautismo como en épocas de martirio.

En el Crucificado está la salvación

Que la cruz no sea para ti alegría sólo en tiempo de paz: ten la misma fe en época de persecución, que no ocurra que seas amigo de Jesús en tiempo de paz y enemigo en tiempo de dificultades. Ahora recibes el perdón de tus pecados y las gracias generosas del regalo espiritual del Rey. Cuando estalle la guerra, combate esforzadamente por tu rey. Jesús, que nada había pecado, ha sido crucificado por ti. ¿Y no te dejarás tú crucificar por aquel que por ti fue clavado a la cruz? No eres tú quien da la gracia, pues primero la recibiste tú. Lo que haces es devolverla pagando la deuda al que en el Gólgota fue crucificado por ti. Pero Gólgota significa «Lugar de la Calavera». ¿Quiénes pusieron, proféticamente, a aquel lugar el nombre de Gólgota, en el que Cristo cabeza padeció la cruz? Como dice el Apóstol: «El es imagen de Dios invisible» y, un poco más abajo, «El es también la Cabeza del Cuerpo, de la Iglesia» y, a su vez: «la cabeza de todo varón es Cristo» y también, «es la Cabeza de todo Principado y de toda Potestad». La Cabeza padeció en el «Lugar de la Calavera». ¡Oh nombre grande y lleno de sentido profético! Pues casi el nombre mismo te advierte como diciendo: no te fijes en el crucificado como un simple hombre. Pues es «Cabeza de todo Principado y toda Potestad». Es «Cabeza de toda Potestad» el que ha sido clavado a la cruz y que tiene al Padre por cabeza: pues «la cabeza del hombre es Cristo... y la cabeza de Cristo es Dios».

El manto y la túnica

Él se servía de una túnica y de un manto. Pero los soldados se repartieron el manto tras dividirlo en cuatro partes. Sin embargo, la túnica no la rasgaron porque, partida de ese modo, para nada hubiera servido, sino que los soldados se la echaron a suertes entre ellos. Se reparten el manto y echan a suertes la túnica. ¿No estaba también eso escrito? Pues bien, los afanosos salmistas de la Iglesia, que imitan a los ejércitos angélicos, lo saben y celebran a Dios con alabanzas continuas. Quienes son considerados dignos de esto, salmodien en este santo Gólgota y digan: «Repártense entre sí mis vestiduras y se sortean mi túnica».

La capa púrpura

Cuando estaba siendo juzgado por Pilato, estaba vestido de rojo, lo cubrieron con un manto de púrpura. ¿También está escrito esto? Dice Isaías: «¿Quién es ése que viene de Edom, de Bosrá, con ropaje teñido de rojo?» . Como queriendo decir: ¿quién es éste que es vestido de púrpura para avergonzarlo? Pues a eso suena Bosrá entre los hebreos.
«Y, ¿por qué está de rojo tu vestido, y tu ropaje como el de un lagarero?». Y responde diciendo: «Alargué mis manos todo el día hacia un pueblo rebelde que sigue un camino equivocado en pos de sus pensamientos».

Jesús, ultrajado en la cruz, entre los dos ladrones

Buen-Ladrón: Sobre los ladrones que fueron crucificados con él se ha dicho: «Con los rebeldes fue contado». Uno y otro fueron al principio inicuos, pero uno dejó de serlo. Pero el otro despreció las leyes hasta el final, sin humillarse para su salvación, pues estando clavado de manos, su lengua todavía blasfemaba. Los judíos movían sus cabezas injuriando al crucificado y cumpliendo lo que estaba escrito. «Me ven y menean su cabeza». De él se hacía burla juntamente con los otros, pero uno de ellos increpaba al otro: para él coincidieron el fin de su vida y el comienzo de su enmienda. Entregó su alma y recibió, antes que otros, la salvación. Tras reprender a su compañero, dijo: «Jesús, acuérdate de mí», mis palabras se dirigen a ti. Déjalo a él, pues están ciegos los ojos de su mente, pero «de mí, acuérdate». No digo que te acuerdes de mis obras, pues de ellas tengo miedo. Todo hombre suele unirse amablemente a quien es su compañero de camino. Soy compañero tuyo en el camino hacia la muerte: acuérdate de mí, que soy tu compañero. No digo: ahora «acuérdate de mí», sino «cuando vengas con tu Reino».

La misericordia para con el «buen ladrón»

¿Qué energía, oh ladrón, te iluminó? ¿Quién te enseñó a adorar al que había sido ultrajado y crucificado contigo? ¡Oh luz eterna, que ilumina a los que yacen en tinieblas! Oyó, desde luego, justamente: «Confia». No porque tus obras deban ser la base de tu confianza, sino porque ahí hay un rey dispuesto a agraciarte. Era una petición de algo muy lejano, pero la gracia llegó muy rápidamente: «Yo te aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso», puesto que hoy has oído mi voz y no has endurecido tu corazón. Tampoco te digo: hoy partirás, sino «confía: hoy estarás conmigo en el paraíso», no serás rechazado. No temas a la espada de fuego, pues ella es la que teme al Señor. ¡Oh gracia inmensa e inefable! No ha entrado todavía Abraham el creyente, y ya entra el ladrón. Todavía no han entrado Moisés y los profetas, pero sí entra el ladrón. Antes que tú, se admiró de esto Pablo diciendo: «Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia». Quiere el ladrón hacer obras justas, pero la muerte le tiene preocupado. No me fijo tanto en las obras, sino que acepto tu fe. Estoy recogiendo los lirios; ven, que te apaciente en los huertos. He encontrado a la oveja perdida y la llevo sobre mis hombros. Realmente cree, puesto que ha dicho: «Me he descarriado como oveja perdida. Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu reino.

La fuerza de la señal de la cruz

Que no nos agarrote la vergüenza de confesar a un crucificado. En la frente, como gesto de confianza, hágase con los dedos la señal de la cruz, y eso para todo: cuando comemos pan o cuando bebemos, en las entradas y salidas, antes de acostarnos, al dormir y al levantarnos, cuando caminamos y cuando estamos quietos. Es una gran protección: gratuita, por los necesitados; no cuesta esfuerzo, por los débiles, y, como quiera que ha sido dada por Dios como gracia: señal de los fieles y temor de los demonios, a los que en ella «exhibió públicamente, incorporándolos a su cortejo triunfal». Pues cuando ven la cruz, les viene a la mente la imagen del crucificado. Temen al que machacó las cabezas del dragón. Porque sea gratuito, no desprecies este signo: venera en él más bien a nuestro bienhechor.
 

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