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Miércoles, 21 de febrero de 2018

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Religión en Libertad

ORACIÓN DE LA MAÑANA
Padre en el cielo. Tú has separado el día de la noche, para que día y noche sean para nosotros una advertencia y una alegría. Una advertencia para que nos acordemos de ti, una alegría por servirte en todo. Que también te pertenezca el día que ahora despunta. Que se transforme en un día de tu Iglesia, en un día de tus hijos. Aún es todo puro y fresco, como si estuviese disponible para asumir cualquier forma. Y nosotros sabemos que te pertenece, pues Tú lo has creado.


Sabemos que en obediencia a ti deberíamos transformarlo en un día precioso, escogido, en un espacio en que pudieras estar en tu hogar en todo momento y en todas partes. En un espacio que Tú llenases por completo, pero en el que también exigieses de nosotros ponernos al servicio de la tarea que nos enseñas. Haz que seamos puros, dónanos un buen espíritu. Haz que hagamos con alegría todo lo que nuestro servicio requiere.
 

has separado el día de la noche, pero no permitas que nosotros separemos permanentemente entre lo que hacemos con gusto y lo que nos parece penoso. Haz que acojamos, alegres y agradecidos, todo lo que trae el día como viniendo de tu mano, que participemos interiormente y que hagamos de ello lo que Tú has previsto. Haz que nuestro oído sea claro como el día y transparente hacia ti. Y si el día trae cosas turbias y poco claras, nosotros sabremos: son las sombras opacas de nuestro ser inseguro, de nuestra ignorancia, torpe y pesada para decidir.
 

Tú no sólo has separado, desde siempre has decidido: permite que también nosotros entremos en la tarea con decisión, tan decididos como Tú lo esperas. Por amor has separado el día de la noche: haz que nosotros vivamos de tu amor. Haz que tu amor sea activo en nosotros, que junto con tu Hijo te presentemos cada una de las tareas del día, de modo que tu Espíritu las lleve a cumplimiento. Amén.

 

ORACIÓN DE LA NOCHE
Señor, tus creyentes ven caer la noche, han acabado su jornada de trabajo. Dónales paz y descanso. Un descanso que proceda de ti, que los acompañe, que les quite el peso

del día, las preocupaciones y la angustia, que los renueve por completo. Dales buenos pensamientos y una oración fecunda. Haz que noten tu cercanía, deja que sientan tu bondad. Que se duerman pensando en ti. Y cuando se despierten, que sepan que Tú has estado a su lado y que de nuevo ordenarás todo para el día que está llegando. Que no los abandonarás, que serás su ayuda. Porque sólo Tú puedes donarles fuerzas nuevas, donarles una nueva visión de las cosas, dejar que empiecen de nuevo. Permanece con los que duermen.

Permanece con los que no pueden dormir. Y si no pueden dormir porque la preocupación los agobia, al
íviales sus penas; y si no pueden dormir porque tienen dolores, muéstrales el sentido que Tú mismo has puesto en el sufrimiento, de modo que sientan tu presencia por los dolores que ahora deben soportar. Dónales pensamientos fecundos con los que puedan perseverar incluso en las penas más duras. Al que muera en esta noche, acógelo en tu gracia, llévalo al Padre como tu hermano, otórgale tu olvido de sus pecados, regálale una vida nueva que dure eternamente. Y permanece con tu Iglesia. Permanece en todas esas oscuras iglesias que están vacías por la noche, en las que sólo Tú velas con tu pequeña luz eterna del Santísimo. Llena todo el espacio con tu presencia, para que los que entren mañana temprano reciban el regalo de una nueva fuerza de oración.

Permanece con toda tu Iglesia, tu Esposa. Haz que viva esponsalmente, sin desviarse por ninguna tentación. Ante todo, reg
álale ese amor que te ha unido a tu Madre, el amor por el que la Madre ha llegado a ser tu Esposa, así como hoy toda tu santa Iglesia debe ser tu Esposa. Santifica toda la creación de tu Padre; vive en todo lo que tu Padre ha creado como signo de que su obra es buena, como confirmación de la redención. Y haz que tu Santo Espíritu sople por el mundo, para que el mundo se convierta y Tú puedas llevar de regreso al Padre, perfecta, su creación redimida. Amén.

 

ORACIÓN PARA LA RENOVACIÓN DEL ESPÍRITU 

Amado Señor, Tú ves cómo nosotros nos habituamos a todo. Hubo un tiempo en que emprendimos con alegría tu servicio, con la firme voluntad de estar totalmente entregados a ti. Sin embargo, cada día trae consigo casi siempre lo mismo y nuestra oración parece haberse estrechado. La limitamos a nosotros mismos y a lo que nos parece necesario para la tarea que tenemos precisamente ente manos. Y así al final, nuestro espíritu ha tomado la forma de esta pequeña tarea. Te rogamos: no permitas que nos estrechemos de este modo, dilátanos una vez más, regálanos una vez más algo de la fuerza del sí de María, de ese sí disponible para la plena voluntad de Dios, de ese sí que siempre persevera en la amplitud en la que fue pronunciado por primera vez y que día a día es afirmado de un modo nuevo. Ella podía alegrarse, inquietarse o esperanzarse, podía estar cansada por el trabajo cotidiano o ser conducida al Calvario: siempre ha estado ante ti como la primera vez, ha obedecido a todo lo que has dicho, ha esperado poder hacer todo lo que has deseado, ha visto en cada uno de tus deseos aun el más pequeño– la voluntad ilimitada del Padre que Tú, el Hijo de María, has cumplido plenamente.
 

Señor, concédenos que te contemplemos, te afirmemos, te realicemos, a ti y a tu Iglesia y a lo que nuestra misión exige, en un Espíritu siempre nuevo, en el Espíritu del sí de la Madre. Concédenos que recemos por este Espíritu. Nosotros sabemos que allí donde envías tu Espíritu, allí estás Tú mismo. El Espíritu te ha llevado a tu Madre, el Espíritu la ha hecho capaz de llevarte en su seno, de darte a luz, de abrazarte con su cuidado materno. Y porque en ella has vuelto a encontrar a tu propio Espíritu, de ella has formado a tu Iglesia. Y porque nos has llamado a entrar en esta Iglesia: haz de cada uno de nosotros un lugar en el que sople el Espíritu de tu Iglesia, un lugar en el que contigo y con la ayuda del Espíritu Santo se haga la voluntad de tu Padre, de nuestro Padre. Para que nos atrevamos a rezar contigo, realmente: Padre nuestro que estás en el cielo... Amén.

 

ORACIÓN PARA EL TIEMPO DE CANSANCIO
Amado Dios, estoy demasiado cansada para rezar. Por la cruz Tú sabes cuán grande puede ser el cansancio. Te lo suplico: que todos tus ángeles y tus santos te adoren de tal modo que no se produzca ningún vacío en la adoración. Amén.

 

***

 

unas «Oraciones del Cielo»

 

GRACIAS POR EL APOCALIPSIS
Padre, Tú concediste a San Juan dar una mirada en la plenitud de tu gloria. Lo que le mostraste del cielo era un fragmento de tu esplendor. Se lo mostraste, para que él nos lo mostrara a todos nosotros. Como aliento, como ayuda, como prenda de la promesa de la vida eterna: como signo de su cumplimiento. Tú concediste a Juan ver el principio de ese cumplimiento. Pues la visión que recibió no fue una promesa lejana, sino su cumplimiento inmediato. Le hiciste ese regalo para todos nosotros, para que concibamos una idea más grande, más cristiana y más eclesial de tu gracia y tu amor. Tú concediste a Juan entrar en tu cielo, ver tus ángeles y toda la comunidad de la Ciudad Santa. Y después, al regresar a la tierra, a la soledad de su vida cristiana, él trajo consigo el saber que Tú no dejas solo al solitario, no abandonas al abandonado. El saber que soledad y abandono y tentación sólo existen para allanar a los tuyos el camino hacia tu cielo, para dejarles cargar algo de lo que tu Hijo, ya aquí en esta vida, cargó por todos. Con la intención de llevarnos consigo, de asumirnos en su camino, para que esa idea del conllevar, del compartir, llegue a ser un poco más real, un poco más cercana a cada uno de tus creyentes. Y ahora se ha hecho más liviano llevar y cargar, contigo. También en la soledad y en el abandono. Pues Tú revelaste a Juan el sentido y el desenlace de ese cargar y caminar, contigo.

 

Y gracias a todo lo que Tú, Padre, has mostrado del cielo, debería iluminarse en nosotros que todo ello correspondía desde siempre al amor: al amor que te une con tu Hijo y con tu Espíritu. Que tu cielo con su visibilidad y tu eternidad con sus promesas sólo son figuras de tu amor eterno. Del amor en el que has decidido introducirnos. Y en los ángeles y en todos los que han acompañado a Juan, has mostrado que ya en esta tierra nos concedes compañeros del cielo. Con la tarea de ayudarnos y con el fin de que encontremos más fácilmente las puertas de tu Ciudad Santa. Padre, en nombre de tu amor te damos gracias por tu amor. Amén

 

«Y QUIEN OIGA DIGA: ¡VEN!»
Señor, en el origen de todas las cosas Dios Padre te ha llamado diciendo: «¡Ven!», y Tú has ido. Esta llamada, que has escuchado y has seguido, también la pones en nosotros, para que posea en nosotros la fuerza vital de dejarte venir en verdad. También nos permites llamarte: «¡Ven!». Y permitiéndolo, nos muestras que quieres seguir esta llamada y quieres venir, que Tú estás viniendo. Que nosotros sólo tenemos que llamarte, que tenemos el privilegio de reclamarte. Tú escuchas. Tú nos entregas esta llamada junto con toda la fuerza de tu voluntad divina y te pones completamente a disposición de esta llamada que nos inspiras. Como si Tú fueses el siervo y nosotros los que tienen poder. En este «¡Ven!» nos entregas tu misterio. El misterio que radica en que nunca escuchas una pregunta sin darle su respuesta. Cualquiera sea la condición en que nos encontremos, siempre permites que te llamemos, y vienes.

 

Señor, dona a cada uno de nosotros, dona a toda tu Iglesia, dona a todos los que aún no han encontrado el camino hacia ti y hacia tu Iglesia que aprendan a dejar resonar tu llamada. Que lo aprenda cada individuo, que lo aprendamos todos juntos, que lo aprendan especialmente todos los que conforman tu Iglesia. Enséñanos a decir «¡Ven!», en el mismo Espíritu de oración que nos has inspirado cuando estando en medio de nosotros comenzaste a rezar: «¡Padre, venga a nosotros tu Reino!». Amén.

 

[Fuente: Hans Urs von Balthasar, Una primera mirada a Adrienne von Speyr, III. Oraciones; Ediciones San Juan, Madrid, 2012]  

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