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Actualizado 23 julio 2011
Conocimienro del cuerpo, conocimiento del alma

          El conocimiento de algo, siempre está relacionado con nuestro interés y amor a ello. Es bien conocido el principio de que el conocimiento genera amor, y el amor genera conocimiento, mutuamente se autoalimentan y progresan. En el plano meramente corporal humano, cuando se inicia una relación de amor entre un hombre y una mujer, mutuamente ambos quieren saber más acerca de lo que es el objeto de su amor. ¿Quién es él o ella? ¿Cuál es su familia? ¿Cuáles son sus aficiones? Etc…  Y lo mismo ocurre en cualquier relación humana, aunque sea con seres animados o inanimados. Así por ejemplo si queremos comprar un coche, previamente nos informaremos de sus características y una vez que están nos han satisfecho y compramos el coche, seguimos investigando, con el libro-prospecto descriptivo, que nos hará alimentar nuestra ilusión por nuestra adquisición y no pararemos de investigar. Es claro, el amor siempre genera deseos de profundizar en el conocimiento de lo amado.

 

            Y el hombre desde el principio, se ha puesto a fomentar su conocimiento sobre su alma y sobre su cuerpo. Pero es indudable que ha puesto mucho más entusiasmo y ardor en aumentar el conocimiento de su cuerpo, que el de su alma. Y así nos va... Modernamente desde niño, nos han enseñado a distinguir los pulmones del estómago, la importancia de la bomba de impulsión que es el corazón, de cómo cuidar nuestros pulmones, por las buenas o por las malas, prohibiendo fumar y que conste que no me lamento, pues en mi dilatada vida, nunca he fumado ni sé lo que es eso, aunque comprendo que no se puede gobernar a mamporrazos dictando prohibiciones; hay que buscar un equilibrio entre los derechos de todos. Pero desgraciadamente, del conocimiento del alma, la humanidad no ha puesto tanto entusiasmo, como ha puesto en el del cuerpo.

 

            El alma pertenece a un orden superior, cual es el orden invisible del espíritu, que es completamente superior al orden visible de la materia, al que pertenece nuestro cuerpo. El orden inferior de la materia, está siempre compuesto por diversas partes y por ello es corruptible ya que este desaparece cuando alguna de sus diversas partes se descomponen y al descomponerse no pueden actuar. Tomemos por ejemplo el cuerpo humano, cuando una de sus partes deja de funcionar, el cuerpo en su totalidad, para su funcionamiento y se descompone. Por el contrario el orden superior del espíritu es siempre simple y eterno, nunca fenece. Su simplicidad le impide su descomposición. Dios es un Ser simple, Dios es Amor, su naturaleza es el amor, tal como San Juan nos dice (1Jn 4,7) y el amor por ser simple, es indestructible.  

Este es el caso del alma humana, que por el hecho mismo de ser espiritual es absolutamente simple, es como un átomo absoluto del todo in-descomponible, sin posibilidad de descomposición y por consiguiente es intrínsecamente inmortal. Por ello nuestra alma es inmortal y nuestro cuerpo mortal, aunque luego, sea transformado nuestro por un cuerpo terrenal por otro glorioso, que le hace pensar a uno que si este cuerpo glorioso es inmortal, atraviesa cuerpos materiales opacos y puede desaparecer, deberá de pertenecer al orden espiritual. En apoyo de esta idea es de ver que el Señor resucitado y con su ya cuerpo glorioso, en sus sucesivas apariciones a sus discípulos, siempre aparecía y desaparecía, algo que pudiéndolo hacer, no lo hacía con su cuerpo terrenal.

 

            Señala el Génesis, que: “Dios dijo: Hagamos al hombre a nuestra imagen, según nuestra semejanza; y que le estén sometidos los peces del mar y las aves del cielo, el ganado, las fieras de la tierra, y todos los animales que se arrastran por el suelo” (Gn 1,27), Lo cual claramente nos indica que  nosotros hemos sido creados a imagen y semejanza de Dios, es decir, no exactamente iguales a Dios, sino con la posibilidad de tomando su imagen, podamos asemejarnos a Él en una determinada medida. Pero… ¿esa imagen y semejanza se refiere al cuerpo o al alma? Indudablemente se refiere al alma, es nuestra alma la que es semejante a la de Dios. Creo que esta es una realidad indiscutible, puede ser una sorpresa para algunos, como lo fue para mí, hasta que me caí del guindo. Si Dios es espíritu puro, carece de materia, no puede ser nuestra materia corporal, semejante a la de Dios que no la tiene, pero que sí quiere puede tenerla, pues para Dios nada hay imposible. Por otro lado que no nos lleve a equivocarnos el cuerpo de Jesucristo, porque este es creado y Dios Trinitario es increado.

 

            Escribe el teólogo dominico Antonio Royo Marín: “El hombre y el ángel se asemejan a Dios como ser vivo e inteligente, y en este sentido constituyen una verdadera imagen de Dios, aunque en el orden puramente natural: se asemejan a Dios como seres inteligentes, aunque a distancia infinita de la Sabiduría increada, que es el mismo Dios (Cfr. Gn. 1,26)”. Y en este mismo sentido se pronunció hace más de 500 años el benedictino Luis de Blois -Blosio- al escribir que: “Porque Dios solo a los espíritus angélicos y a los hombres los hizo a su imagen y semejanza, dándoles inteligencia. Con esta dignidad maravillosa aventajan a las demás criaturas”.

 

Nosotros, al igual que tenemos una obligación de conocer y cuidar nuestro cuerpo, obligación esta, en la que muchos se exceden. También tenemos una obligación de conocer nuestra alma y cuidarla en su desarrollo espiritual. Y esto, ¿cómo se realiza? Muy sencillamente AMANDO AL SEÑOR. Si resulta, por un lado, Dios es amor y solo amor y por otro, nosotros estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, es claro que solo el amor, SOLO AMAR A DIOS, es lo que nos fortalecerá y desarrollará nuestra alma.

 

Para Edward Leen, “El hombre es llamado a la vida beatífica de Dios, es decir a vivir por toda la eternidad como Dios. Para alcanzar esa meta es obligado que ya en la tierra viva con Dios…. Para vivir y desarrollar las actividades vitales de Dios, hemos de hacernos semejantes a Él, por medio de las perfecciones espirituales que generan ese parecido”.

 

El amor y solo el amor; amar y solo amar es lo que nos intensificará nuestra semejanza a Dios y por ello, nuestra mayor gloria en el más allá. Porque el alma, tal como decía Santo Tomás de Aquino: “Embellecida por la gracia santificante es la imagen viviente de Dios”. Y Dios ama más al que más se le parece.

 

Para San Juan del Cruz: “La afición que el alma tiene a la criatura iguala al alma con la criatura. Y cuanto más grande es la afición más la iguala y la hace semejante; porque el amor hace semejanza entre lo que ama y lo que es amado... Cuando el alma ama algo que no es Dios, se incapacita para la unión con Dios y su transformación en Él…. Es cierto que todas las criaturas  tienen relación con Dios, mayor o menor según la categoría de su ser; esto lo enseña la teología. Pero entre las criaturas y Dios no hay proporción ni semejanza esencial. Sucede todo lo contrario, ya que es infinita la distancia que hay entre su ser y el divino ser de Dios”. Dicho en otras palabras, el campo de expansión de su amor, que un alma tiene es ilimitado, pero jamás alcanzará la tremenda distancia que siempre mediará entre el tamaño de su amor a Dios, y el de Dios a ella.

 

Mi más cordial saludo lector y el deseo de que Dios te bendiga.

 

Otras glosas o libros del autor relacionados con este tema.

-        Libro. DEL MÁS ACÁ AL MÁS ALLÁ. Isbn. 978-84-611-5491-3.

-        Libro. CONOCIMIENTO DE DIOS. Isbn. 978-84-611-7910-1.

-        Libro. LOS DESEOS HUMANOS. Isbn. 978-84-613-1629-8.

-        Simplicidad. Glosa del 03-12-10.

-        Semejanza. Glosa del 15-11-10.

-        Cuidado del cuerpo, cuidado del alma. Glosa del 04-07-10.

-        ¿Cómo somos semejantes a Dios? Glosa del 03-08-10.

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RAFAEL
23/07/2011
AVIDEZ DE ESTAR EN UNO..
Efectivamente la devoción y amistad con Dios se acrecientan deseándose ´´vorazmente´´. Por parte de Dios no hay límites pero las criaturas somos muy limitadas. Solo la acción del Espíritu (si le dejamos), nos hace tan semejantes a Él como pueda serlo el alma humana.
Dime lo que amas y te diré quien eres.
Buen trabajo
Siento no poder aportar más a causa de mi vista.
Gracias
Rafael.
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Juan del Carmelo
Juan del Carmelo no es quien dice ser. O mejor dicho, es quien es, pero prefiere presentarse en su alter ego Juan del Carmelo que no es más que un seglar que, a finales de los años 80, experimentó la llamada de Dios y se vinculó al Carmelo Teresiano. Ha publicado libros de espiritualidad como «Mosaico espiritual», «Santidad en el Pontificado», o «En las manos de Dios» Como lo cortés no quita lo valiente es, además, un empresario de éxito. Y nos acompaña, con sencillez y hondura, desde «El blog de Juan del Carmelo».

Juan del Carmelo, es autor, editor y responsable del Blog El Blog de Juan del Carmelo, alojado en el espacio web de www.religionenlibertad.com
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